El valor de la excelencia

Autor: LUIS HUETE

Los valores son creencias a través de las cuales las personas decodificamos e interpretamos la realidad que nos rodea. En función de los valores la realidad se ve, se siente, e invita a actuar sobre ella de manera bien distinta.

Las creencias, cuando contienen valores y están bien arraigadas en la cabeza y el corazón de las personas, generan un poderoso relato interior sobre la identidad de uno y sobre la vida que vale la pena vivir. Los relatos que contienen abundantes y buenos valores predisponen a las personas a la épica, a conjugar bondad e inteligencia y en definitiva a la excelencia.

La búsqueda de la excelencia posibilita que las personas se conecten con uno de los deseos más nobles del alma humana y más cercano a su felicidad: el deseo de superación personal.

El afán de plenitud humana, la felicidad, se sustenta en la dinámica de buscar la excelencia para realizar mejores contribuciones a los demás y en empeñarse en hacer contribuciones a los demás para ser más excelente. Excelencia y servicio a los demás son dos elementos simbióticos y sinérgicos. Se retroalimentan en forma de círculo virtuoso o vicioso.

En la Grecia clásica ya se nos advertía de que la excelencia más que un acto es un hábito. Los hábitos son conexiones neuronales estables que se establecen por repetición y que predisponen a un determinado perfil de pensamiento, sentimiento y conducta.

La excelencia requiere la construcción de buenos hábitos en la forma de pensar, en la forma de sentir y en la forma de actuar. Los tres hábitos se retroalimentan entre sí, por lo que es casi imposible que hábitos de excelencia en conductas coexistan con malos hábitos en la forma de pensar o de sentir. La excelencia en la conducta se gana con la excelencia en el pensamiento y en el sentimiento.

Los hábitos en el pensamiento se llaman estilos explicativos. La excelencia humana requiere trabajar en mejorar los estilos explicativos para fortalecer aquellas maneras de interpretar la realidad que nos predispongan a ser proactivos, a mirar el lado bueno de las cosas, a aprovechar cada momento para aprender, y a luchar no solo por los intereses de uno sino también por los intereses de los demás.

El siguiente conjunto de hábitos determinantes de la excelencia humana se encuentra en el mundo de los sentimientos. Los sentimientos son una fuente de energía para la vida. La energía puede ser negativa o positiva y de intensidad alta o baja. El estado anímico se altera parcialmente a través de los acontecimientos que nos suceden, pero sobre todo por nuestra manera de reaccionar ante los mismos.

Las conexiones entre cabeza y corazón hacen que el estado anímico no sea neutro a la hora de pensar y que, a su vez, el pensamiento mueva las emociones. Nos encontramos nuevamente ante elementos de un sistema que se retroalimenta.

Los estados anímicos positivos de intensidad media son los que mejor predisponen a la excelencia humana. Todas las emociones altas, especialmente las negativas, roban la inteligencia práctica y por tanto dificultan el logro de las conductas en las que se manifiesta la excelencia.

La excelencia en la vida no está solo en el destino al que se consiga llegar, sino en las condiciones personales con las que se realiza la travesía de la vida y en las conductas que se derivan de ella. La excelencia requiere ponerse a punto e integrar, de forma cotidiana, los ámbitos físico, intelectual, emocional y espiritual de las personas. El rango entre la mejor versión y la peor versión de una misma persona es increíble. La excelencia es apostar por la mejor versión de uno y realizar una travesía por la vida apasionante y apasionada.

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